¿Cree que su hijo tiene una inteligencia superior?
Testimonio y opiniones de varios expertos
sobre el tema.
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Las señales, aunque
parecían obvias, no pasaban más allá del orgullo de sus padres. Luisa caminó a
los 9 meses, avisaba para ir al baño a los 10, y a los 2 años ya hablaba
perfectamente.
Mientras vivió en
Madrid, Cundinamarca, junto con sus padres, se destacó académicamente en el
preescolar. Pero, socialmente, no se relacionaba con sus pares y pasaba por
‘odiosa’ en reuniones familiares, pues era la compañía de sus tíos, nunca de
sus primos, porque siempre fue independiente y madura. María del Rosario, su
madre, recuerda incluso un día en que una compañerita quiso hablar con su hija,
pero la respuesta fue un agresivo mordisco. No obstante, la pequeña se sentía
feliz; es más, no le importaba.
Al llegar a Bogotá,
empezó el ‘calvario’. Tenía casi 5 años cuando entró a un colegio de educación
tradicional. “Yo la levantaba, la bañaba y le daba el desayuno, mientras
lloraba. Sus cuadernos estaban en blanco. En ese momento, un padre no está
preparado para saber que su hijo tiene otra condición; solo se cuestiona. Yo
decía: si era muy buena, ¿qué le pasa ahora?”, cuenta María del Rosario.
También recuerda
cuando la llamaban al trabajo para decirle que Luisa estaba sola, sentada en un
rincón de su salón y que debía recogerla. Fue tanta la desesperación, que
probaron con matricularla en un colegio campestre en Arbeláez, Cundinamarca,
donde vivían sus abuelos, pero la situación se tornó más caótica. María del
Rosario cuenta: “Mi mamá me llamaba desesperada antes de las 6 de la mañana.
Era terrible... Quién lloraba más ¿Luisa o yo? Me tocaba inventarle y
prometerle cosas”.
Después de cuatro
meses, ambas asistieron al sicólogo. El diagnóstico: Luisa tenía excelentes
capacidades intelectuales y debía entrar a un colegio para niños con esas
características, que en esa época era el Instituto Alberto Merani. Para acceder
a dicha institución, Luisa y María del Rosario recuerdan que la pequeña duró
cuatro días en intensas pruebas. “Al final, entregan el resultado de tu
coeficiente intelectual; el mío era de 134; lo normal es de 90 a 100”, cuenta
Luisa.
Su ritmo fue
diferente. A sus cinco años ya iba a excursiones a diferentes partes del país,
era una gran líder e interactuaba con niños de su ‘condición’: “En las clases,
entregaban piñones para construir algo; sabía mucho de mecánica y racionamiento
abstracto. Nos llevaban a un salón lleno de rompecabezas y piezas de torres, y
nos dejaban ahí como dos horas. El método era muy libre, pero con una
indicación muy clara”.
A los ocho años, pasó
al colegio Calatrava; es esa época, un instituto de aprendizaje precoz: “Fue
una formación intensa que me gustaba mucho. A los nueve años, ya veía
circuitos. Incluso, me promovieron una vez de curso. De allá recuerdo que
leíamos casi 25 libros al año y la revista National Geographic al mes“.
El colegio entró en
crisis y era necesario cambiarla. Luisa llegó finalmente al Colegio Buen
Consejo, una institución con educación tradicional; de nuevo, cuenta, fue un
choque en su vida: “El primer periodo perdí cuatro materias; todo el mundo me
detestaba porque era arrogante. A veces, cuando sabes que eres más ‘pilo’, se
te sube el ego. La gente te endiosa cuando te dice que tienes un coeficiente
intelectual alto, y sientes una carga”.
Después de unos meses
se adaptó, según ella y su madre, gracias a un grupo de compañeras que la
acogieron y a los valores que fomentaban en el colegio. Además, dice Luisa,
porque sintió la soledad: “Lastimosamente pensé que podía cumplir sola, pero si
seguía así, iba a terminar mal. Ya sabía la parte académica, pero me faltaba la
ética”.
Más tarde, a sus 21
años, Luisa se graduó de ciencias políticas y relaciones internacionales de la
Universidad Militar. Su experiencia fue positiva; viajó para pertenecer a un
modelo de la Organización de los Estados Americanos, fue monitora de cátedra,
se destacó y confiesa que nunca se ‘clavó’ para un parcial.
Ahora, trabaja en la
campaña política de un candidato a la Alcaldía de Bogotá. Le molesta que le
digan nerd o superdotada: “Siguen estigmatizando a la gente, y se vuelve
molesto. Todo el mundo espera mucho de ti, y si no cumples, imagínate… Antes me
sentía importante por tener un coeficiente intelectual alto; hoy en día la
gente ni le ‘para bolas’”.
¿Qué dicen los
expertos?En 1907, un equipo liderado por Alfred Binet creó el primer test de
funciones mentales, que pronto se comenzó a llamar de inteligencia. Lo cual,
dice el sicólogo Miguel de Zubiría Samper, director científico de la Fundación
internacional de pedagogía conceptual, encantó a sicólogos y padres de familia,
pues contaban con un ‘termómetro’ preciso para obtener y comparar el
coeficiente intelectual de su hijo.
A aquellos que tenían
un puntaje alto se les llamó superdotados. “Los padres salían felices y muy
orgullosos, lo que creó un enorme negocio narcisista”, señala.
Julián de Zubiría
Samper, fundador y director del Instituto Alberto Merani, institución que
antiguamente practicaba dichas pruebas y que ahora recibe y educa a niños con
toda clase de capacidades, señala que el término superdotado desconoce que las
inteligencias son diversas: “Nosotros trabajamos con un modelo francés que
parte de la idea de que el ser humano ama, piensa y actúa”.
Muchas evidencias,
complementa, comenzaron a contradecir estos test. La primera, que solo tenían
alguna relación, no destacada, con las calificaciones escolares. Segundo, sus
puntajes eran variables en ciertos períodos de la vida del pequeño. La tercera,
los supuestos superdotados no se convertían en Picasso, Mozart, Newton o Bill
Gates.
Estos expertos
coinciden además en que los niños no nacen con inteligencia superior. Al niño
no se le debe llamar ni superdotado ni con inteligencia superior, dice el director
del Instituto Alberto Merani, sino que hay diferentes inteligencias, y la única
manera de evaluarlos es en la práctica.
No obstante, la
sicóloga clínica Beatriz Parra, especialista en niños y adolescentes y
directora del Centro Sicológico del Aprehendizaje, cree que el pequeño, desde
que está en la cuna, demuestra que tienen habilidades avanzadas. Para ella, los
niños que no deben ser llamados superdotados, sino con inteligencia superior,
tienen un desarrollo motor y del lenguaje precoz, ingenio para construir, son
líderes y, casi siempre, les va mal en el colegio. Además, cree en la
efectividad de las pruebas de inteligencia: “Los test de coeficiente
intelectual están estandarizados en todo el mundo y miden a los niños desde los
cinco años en adelante. Si está por encima de sus habilidades, les damos
instrucciones a los padres de cómo pueden estimular su capacidad”.
¿Por qué es
inteligente?
Para la sicóloga, la
inteligencia es heredada, pero si no se le da un estímulo adecuado, esta se
puede estancar. Julián de Zubiría, por su parte, cree que por lo menos 80 por
ciento de la inteligencia de un individuo depende del medio, la lectura, los
medios masivos de comunicación, los amigos, pero fundamentalmente de la
orientación de la familia, la escuela y la cultura.
Los estudios
científicos confirman que luego de 10 mil horas de preparación, agrega, es
posible, no seguro, que un muchacho comience a convertirse en un ser especial.
Por eso, el amor y el trabajo, no la falsa inteligencia, son la respuesta.
¿Y la educación?
Anteriormente, dice
Parra, estos niños se manejaban como si fueran ‘cajitas de intelecto’. Eran
pequeños que manejaban estadísticas a los siete años, pero no sabían sumar ni
restar.
En la actualidad, no.
Lo ideal, dice la sicóloga, es que estos niños tengan una educación normal,
pero con alta exigencia académica.
“Si no se detecta esta
condición a tiempo, porque tienen un desarrollo emocional muy acelerado, no hay
una balanza y los padres se confunden a la hora de tratarlo”, señala.
Por eso, es importante
canalizar esta inteligencia en un entorno familiar y social normal, sin olvidar
el hecho de estimular sus capacidades.
Por su parte, Miguel
de Zubiría opina que el concepto de superdotado genera un efecto negativo en el
niño porque se siente con una capacidad especial, cuando lo importante para
serlo es trabajar, esforzarse, leer, tener altos niveles de autonomía,
creatividad, esfuerzo, y no solo un don natural.
Para Luisa, “unas
personas sí demuestran sus cualidades más rápido que otras, reciben la
formación adecuada y se la muestran al mundo. Pero, con una correcta educación,
todos podemos desarrollar excelentes habilidades”.
Mi hijo, el genioLo
más importante para estimular la inteligencia de los pequeños es tener un
embarazo sano y feliz y promover el aprendizaje, a través del juego.
“Si como padres no
sabemos cómo manejar la situación en la familia y no nos damos cuenta de las
inquietudes que tienen los niños a temprana edad, ellos van investigando
y, sentirán que el mundo no les responde, tendrán comportamientos sociales
inadecuados”, afirma la sicóloga Beatriz Parra.
Por eso, añade, la
familia debe verlo común y corriente. Aislarlos y verlos como excepcionales les
trae muchos problemas.
Para Julián de
Zubiría, lo peor que puede hacer un padre es enseñarle aprendizajes
particulares al niño. Si quiere que sea inteligente a nivel analítico, tendría
que desarrollar la lectura. Desde el punto de vista socioafectivo, lo mejor es
mostrarle que en la vida nadie es, sino que se vuelve. Y, si quiere que sea
equilibrado, debe enseñarlo a ser más humilde. Intrapersonalmente, hay que
motivarlos a resolver conflictos, expresar afectos y leer los gestos de las personas.
Y quien quiera formar individuos a nivel práctico, tiene que delegar cosas en
sus hijos gradualmente. Lo importante es el juego y la experimentación.
Tenga en
cuenta
La psicóloga infantil
Beatriz Parra recomienda:
• Observe si el niño está
aburrido en el colegio; generalmente es por deficiencia
• Evaluar, si él es
inteligente, por qué le va mal en el colegio
• Los padres deben
tener autoridad y saber canalizar la inteligencia de sus hijos
• Evaluar si es
conveniente realizar una actividad extracurricular
• El superdotado es
diferente al niño con inteligencia superior. El primero es aquella persona
autodidacta. El superdotado todo lo aprende fácilmente y se 'enfrasca' en un
área de investigación. El talento es específico hacia una actividad
Documento publicado en el Espectador por Karen Johana Sanchez muy importante para tener en cuenta en el proceso de Aprendizaje en el Sector Educativo.